Justificación por la FE

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Bienvenidos. La Justificación por la FE es uno de los temas mas preciosos de la Biblia.

"¿Qué es la justificación por la fe? Es la obra de Dios que abate en el polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que él no tiene la capacidad de hacer por sí mismo." [Special Testimonies to Ministers and Workers, Nº 9, EGW]

“Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: El justo por la fe vivirá” [Gálatas 3:11]

Tuesday, October 2, 2012

EL SEÑOR, NUESTRA JUSTICIA



    La pregunta es, pues: ¿Cómo puede obtenerse la justicia requerida para que uno pueda entrar en esa
ciudad? Responder a esta pregunta es la gran obra del evangelio. Detengámonos primeramente en una
lección objetiva –o ilustración– sobre la justificación o impartimiento de la justicia (rectitud). El ejemplo
nos puede ayudar a comprender mejor el concepto. Lo refiere Lucas 18:9-14 en estos términos:
"Para algunos que se tenían por justos, y menospreciaban a los demás, les contó esta parábola: Dos
hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, el otro publicano. El fariseo oraba de pie consigo mismo,
de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros,
ni aun como este publicano. Ayuno dos veces por semana, y doy el diezmo de todo lo que gano. Pero el
publicano quedando lejos, ni quería alzar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: Dios, ten
compasión de mí, que soy pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado, pero el otro no.

    Porque el que se enaltece será humillado; y el que se humilla, será enaltecido". Eso quedó escrito para mostrarnos cómo no debemos alcanzar la justicia, y cómo sí la debemos alcanzar. Los fariseos no se han extinguido; hay muchos en estos días que esperan obtener la justicia por sus propias buenas obras. Confían en sí mismos de que son justos. No siempre se jactan abiertamente de su bondad, pero muestran de otras maneras que están confiando en su propia justicia. Quizá el espíritu del fariseo –el espíritu que enumera a Dios sus propias buenas obras como razón del favor esperado– está tan extendido como cualquier otra cosa entre profesos cristianos que se sienten postrados en razón de sus pecados. Saben que han pecado y se sienten condenados. Se lamentan por su situación pecaminosa y deploran su debilidad. Sus testimonios nunca se elevan por encima de este nivel. A menudo se refrenan de hablar, por pura vergüenza, en las reuniones en grupos, y tampoco se atreven a acercarse a Dios en oración. Después de haber pecado en un grado más intenso de lo usual, se abstienen de orar por algún tiempo, hasta que haya pasado el sentido más acuciante de su fracaso, o hasta que se imaginan haberlo compensado mediante un comportamiento especialmente bueno. ¿Qué manifiesta lo anterior? –Ese espíritu farisaico dispuesto a hacer ostentación de su justicia ante Dios; esa mente que no acude a él a menos que pueda apoyarse en el falso puntal de su imaginada bondad personal. Quieren poder decirle al Señor: "¿Ves lo bueno que he sido en los últimos días? Espero que me aceptes ahora". Pero ¿cuál es el resultado? –El hombre que confió en su propia justicia no tenía ninguna, mientras que el hombre que oró en contrición de corazón: "Dios, ten compasión de mí, que soy pecador", se fue a su casa como un hombre justo. Cristo dice que se fue justificado, es decir, hecho justo.

 Es preciso observar que el publicano hizo algo más que lamentar su pecaminosidad: pidió misericordia.
¿Qué es la misericordia? –Es el favor inmerecido. Es la disposición a tratar a un hombre mejor de lo que
se merece. La Palabra inspirada dice de Dios: "Como es más alto el cielo que la tierra, así engrandeció su
inmensa misericordia por los que lo reverencian" (Sal. 103:11). Es decir, la medida con que Dios nos trata
mejor de lo que merecemos cuando acudimos a él con humildad, es equivalente a la distancia entre la
tierra y el más alto cielo. ¿Y cómo nos trata mejor de lo que merecemos? –Alejando nuestros pecados de
nosotros; ya que el siguiente versículo dice: "Cuanto está lejos el oriente del occidente, alejó de nosotros
nuestros pecados". Con esto concuerdan las palabras del discípulo amado: "Si confesamos nuestros
pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de todo mal" (1 Juan 1:9).
Para más declaraciones sobre la misericordia de Dios y la forma en que se manifiesta, ver Miqueas 7:18 y
19: "¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No
retiene para siempre su enojo, porque se deleita en su invariable misericordia. Dios volverá a
compadecerse de nosotros, sepultará nuestras iniquidades, y echará nuestros pecados en la profundidad de
la mar". Vamos a leer ahora la clara declaración bíblica de cómo se concede la justicia.


    El apóstol Pablo, tras haber probado que todos pecaron y que están destituidos de la gloria de Dios, de
forma que por las obras de la ley ninguno será justificado ante él, prosigue afirmando que somos
"justificados -hechos rectos- gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a
quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para mostrar su justicia, a causa de
haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados cometidos anteriormente, con la mira de mostrar en
este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús" (Rom.
3:24-26).

    "Siendo justificados gratuitamente". ¿De qué otra manera podía ser? Puesto que los mejores esfuerzos de
un hombre pecaminoso no tienen el menor efecto en cuanto a producir justicia, es evidente que la única
manera en la que es posible obtenerla es como un don. En Romanos 5:17 Pablo la presenta claramente
como un don: "Porque, si por el delito de uno reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo,
por Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don gratuito de la justicia". Es debido a
que la justicia es un don, por lo que la vida eterna –que es la recompensa de la justicia– es el don de Dios
mediante Cristo Jesús Señor nuestro.

    Cristo ha sido establecido por Dios como el Único a través de quien puede obtenerse el perdón de los
pecados; y este perdón consiste simplemente en la declaración de su justicia (que es la justicia de Dios)
para remisión de los pecados. Dios, "que es rico en misericordia" (Efe. 2:4), y que se deleita en ella, pone
su propia justicia sobre el pecador que cree en Jesús, como sustituto por sus pecados. Se trata de un
intercambio extremadamente beneficioso para el pecador. Y no es pérdida para Dios, ya que es infinito en
santidad, y es imposible que la fuente resulte esquilmada.

    La Escritura que acabamos de considerar (Rom. 3:24-26) no es sino otra forma de exponer la idea
contenida en los versículos 21 y 22, en el sentido de que por las obras de la ley nadie será justificado. El
apóstol añade: "Pero ahora, aparte de toda la ley, la justicia de Dios se ha manifestado respaldada por la
Ley y los Profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él".
Dios pone su justicia sobre el creyente, lo cubre con ella para que su pecado no aparezca más. Entonces el
que ha sido perdonado puede exclamar con el profeta: "En gran manera me gozaré en el Eterno, me alegraré en mi Dios; porque me vistió de vestidos de salvación, me rodeó de un manto de justicia, como a novio me atavió, como a novia ataviada de sus joyas" (Isa. 61:10).

   Pero ¿qué hay sobre "la justicia de Dios sin la ley"? ¿Cómo concuerda esa declaración con aquella otra de
que la ley es la justicia de Dios, y que fuera de sus requerimientos no hay justicia? No hay aquí contradicción. La ley no es algo ajeno a este proceso. Observemos cuidadosamente: ¿Quién dio la ley? –
Cristo. ¿Cómo la pronunció? –"Como uno teniendo autoridad." ¡Como Dios! La ley salió de él tanto
como del Padre, y es simplemente una declaración de la justicia de su carácter. Por lo tanto, la justicia que
viene por la fe de Cristo Jesús es la misma justicia que está personificada en la ley; y esto lo demuestra el
hecho de que es "respaldada por la Ley" (Rom. 3:21).

    Tratemos de imaginar la escena: De un lado está la ley como presto testigo contra el pecador. No puede
cambiar, y nunca declarará justo al que es pecador. El pecador convicto trata vez tras vez de obtener
justicia de la ley, pero ésta resiste todos sus avances. Es imposible sobornarla con ninguna cantidad de
penitencias o profesas buenas obras. Pero entra en escena Cristo, tan "lleno de gracia" como de verdad, y
llama al pecador a sí. El pecador, cansado finalmente de su vana lucha por conseguir la justicia mediante
la ley, oye la voz de Cristo, y corre a sus brazos tendidos. Refugiándose en él, queda cubierto con la
justicia de Cristo; y resulta que ha obtenido, mediante la fe en Cristo, aquello que tanto procuró en vano.
Tiene la justicia que la ley requiere, y se trata del artículo genuino, porque lo obtuvo de la Fuente de la
Justicia: del mismo lugar de donde vino la ley. Y la ley testifica sobre la autenticidad de esta justicia. Dice
que mientras el hombre la retenga, irá al tribunal y lo defenderá de todos sus acusadores. Da fe de que es
un hombre justo. La justicia que es "por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios por la fe" (Fil. 3:9),
dio a Pablo la seguridad de que estaría a salvo en el día de Cristo.

    No hay en la transacción nada que objetar. Dios es justo, y al mismo tiempo el que justifica al que cree en
Jesús. En Jesús mora toda la plenitud de la divinidad; es igual al Padre en todo atributo. Por consiguiente,
la redención que hay en él –la capacidad para recuperar al hombre perdido– es infinita. La rebelión del
hombre es contra el Hijo tanto como contra el Padre, puesto que los dos son uno. Por lo tanto, cuando
Cristo "se dio por nuestros pecados", era el Rey sufriendo por los súbditos rebeldes –el ofendido
perdonando, pasando por alto la ofensa del infractor. Nadie podrá negar a un hombre el derecho y el
privilegio de perdonar cualquier ofensa cometida contra él; entonces, ¿por qué cavilar cuando Dios ejerce
el mismo derecho? Ciertamente, tiene todo el derecho de perdonar la injuria cometida contra él; y con
mayor razón aún, puesto que vindica con ello la integridad de su ley al someterse en su propia Persona a
la penalidad que el pecador merecía.

    Es cierto que el inocente sufrió en lugar del pecador, pero el divino Sufriente "se dio a sí mismo"
voluntariamente a fin de poder hacer, con justicia hacia su gobierno, lo que su amor le motivaba a hacer:
pasar por alto la injuria que se le infligió como Gobernante del universo. Leamos ahora la declaración que Dios mismo hace sobre su propio Nombre –una declaración dada en una de las peores circunstancias de desprecio que sea posible manifestar contra él: "Entonces el Eterno descendió en la nube y estuvo allí con él, y proclamó su Nombre. El Señor pasó ante Moisés y proclamó: ¡Oh Eterno, oh Eterno! ¡Dios compasivo y bondadoso, lento para la ira, y grande en amor y fidelidad! Que mantiene su invariable amor a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y no deja sin castigo al malvado" (Éx. 34:5-7).

    Este es el Nombre de Dios; es el carácter en el cual se revela a sí mismo al hombre; la luz en la cual desea
que el hombre lo considere. Pero, ¿qué hay acerca de la declaración de que "no deja sin castigo al
malvado"? Esto encaja a la perfección con su longanimidad, su bondad superabundante y su perdón de la
transgresión de su pueblo. Es cierto que Dios no deja sin castigo al malvado; no podría hacer eso y
continuar siendo un Dios justo. Pero hace algo muchísimo mejor: elimina la culpabilidad, de forma que el
que fuera antes culpable no necesita ya ser absuelto: es justificado, y considerado como si nunca hubiese
pecado.

    Nadie desconfíe de la expresión: "poniéndole la justicia", como si eso implicara hipocresía. Algunos,
mostrando una singular falta de apreciación hacia el don de la justicia, han afirmado no querer una
justicia que "se pusiera", sino más bien la justicia que surge de la vida, despreciando con ello la justicia de
Dios, que es por la fe de Cristo Jesús para todos y sobre todos los que creen. Estamos de acuerdo con
protestar contra la hipocresía -una forma de piedad sin el poder-, pero nos gustaría que el lector tuviese
esto presente: Hay una diferencia infinita dependiendo de quién pone la justicia. Si tratamos de
ponérnosla nosotros mismos, entonces realmente no obtenemos más que trapos de inmundicia –poco
importa el buen aspecto que pueda ofrecer a nuestra vista–, pero cuando es Cristo quien nos viste con ella,
no debe ser despreciada o rechazada. Observemos la expresión de Isaías: "Me rodeó de un manto de
justicia". La justicia con la que Cristo nos cubre es justicia que cuenta con la aprobación de Dios; y si
satisface a Dios, los hombres no debieran ciertamente tratar de concebir algo mejor.

    Pero avancemos un paso más, y desaparecerá toda dificultad. Leemos Zacarías 3:1-5: "El Señor me mostró al sumo sacerdote Josué que estaba de pie ante el Ángel del Eterno. Y Satanás estaba a su derecha para acusarlo. Dijo el Eterno a Satanás: El Señor te reprenda, oh Satanás, el Señor que ha elegido a Jerusalén te reprenda. ¿No es éste un tizón arrebatado del incendio? Josué estaba ante el Ángel, vestido de ropa sucia. El Ángel mandó a los que estaban ante él: Quitadle esa ropa sucia. Entonces dijo a Josué: 'Mira que he quitado tu pecado de ti, y te vestí de ropa de gala'. Después dijo: 'Pongan mitra limpia sobre su cabeza'. Y pusieron una mitra limpia sobre su cabeza, y lo vistieron de ropa limpia, mientras el Ángel del Eterno estaba presente".

     Obsérvese que el serle quitadas las vestiduras viles significa hacer pasar la iniquidad de la persona. Y
vemos así que cuando Cristo nos cubre con el manto de su propia justicia, no provee un cubridero para el
pecado, sino que quita el pecado. Y eso muestra que el perdón de los pecados es más que una simple
forma, más que una simple consigna en los libros de registro del cielo, al efecto de que el pecado sea
cancelado. El perdón de los pecados es una realidad; es algo tangible, algo que afecta vitalmente al
individuo. Realmente lo absuelve de culpabilidad; y si es absuelto de culpa, es justificado, es hecho justo:
ciertamente ha experimentado un cambio radical. Es en verdad otra persona. Así es, puesto que es en
Cristo en quien obtuvo esa justicia para remisión de los pecados. La obtuvo solamente estando en Cristo.
Pero "si alguno está en Cristo, nueva criatura es" (2 Cor. 5:17). Por lo tanto, el pleno y amplio perdón de
los pecados trae consigo ese maravilloso y milagroso cambio conocido como el nuevo nacimiento; porque
un hombre no puede llegar a ser una nueva criatura de no ser mediante un nuevo nacimiento. Es lo mismo
que tener un corazón nuevo, o un corazón limpio.
  
    El corazón nuevo es un corazón que ama la justicia y odia al pecado. Es un corazón dispuesto a ser
conducido por los caminos de la justicia. Un corazón tal es lo que el Señor quiso para Israel: "Ojalá
hubiese en ellos un corazón tal, que me reverencien, y guarden todos los días mis Mandamientos! Así les
irá bien a ellos y a sus hijos para siempre!" (Deut. 5:29). Resumiendo: se trata de un corazón libre de
amor al pecado, tanto como de culpabilidad de pecado. Pero, ¿qué es lo que hace a un hombre desear
sinceramente el perdón de sus pecados? –Es simplemente su odio contra ellos y su deseo de justicia,
inspirados por el Espíritu Santo.

     El Espíritu contiende con todos los hombres. Viene como reprensor. Cuando se presta oído a su voz de
reproche, asume de inmediato el papel de consolador. La misma disposición dócil y sumisa que hace que
la persona acepte el reproche del Espíritu, lo llevará también a seguir las enseñanzas del Espíritu, y Pablo
dice que "todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Rom. 8:14).
Una vez más, ¿qué es lo que trae la justificación, o perdón de los pecados? Es la fe, porque Pablo dice:
"Así, habiendo sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor
Jesucristo" (Rom. 5:1). La justicia de Dios es dada y puesta sobre todo aquel que cree (Rom. 3:22). Pero
ese mismo ejercicio de la fe hace de la persona un hijo de Dios, porque el apóstol Pablo dice más: "Todos
sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús" (Gál. 3:26).

    La carta de Pablo a Tito ilustra el hecho de que todo aquel cuyos pecados son perdonados viene a ser de
inmediato un hijo de Dios. Primeramente trae a consideración la condición malvada en la que estábamos
anteriormente, para decir a continuación (Tito 3:4-7): "Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor hacia los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavado regenerador y renovador del Espíritu Santo, que derramó en nosotros en abundancia, por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, seamos herederos según la esperanza de la vida eterna".

    Obsérvese que es siendo justificados por su gracia como somos hechos herederos. Ya hemos visto en
Romanos 3:24 y 25 que esta justificación por su gracia es mediante la fe en Cristo; pero Gálatas 3:26 nos
dice que la fe en Cristo Jesús nos hace hijos de Dios; por lo tanto podemos saber que todo el que ha sido
justificado –perdonado- por la gracia de Dios, es un hijo y un heredero de Dios.

    Esto muestra que carece de base la suposición de que una persona tuviese que pasar por un cierto período de prueba y obtener un cierto grado de santidad, antes de que Dios lo acepte como a su hijo. Él nos recibe tal como somos. No es por nuestra benignidad por lo que nos ama, sino por nuestra necesidad. Nos recibe, no por algún bien que vea en nosotros, sino por el propio bien que hay en él, y por lo que él sabe que su poder divino es capaz de hacer de nosotros. Es solamente cuando nos damos cuenta de la maravillosa exaltación y santidad de Dios, y de que viene a nosotros en nuestra condición pecaminosa y degradada para adoptarnos en su familia, cuando podemos apreciar la fuerza de la exclamación del apóstol: "¡Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!" (1 Juan 3:1). Todo el que haya recibido ese honor, se purificará, tal como él es puro. Dios no nos ha adoptado como a sus hijos porque seamos buenos, sino a fin de poder hacernos buenos. Dice Pablo: "Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en pecados, nos dio vida junto con Cristo. Por gracia habéis sido salvos. Y con él nos resucitó y nos sentó en el cielo con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros la abundante riqueza de su gracia, en su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús" (Efe. 2:4-7). Y después añade: "Porque por gracia habéis sido salvados por la fe. Y esto no
proviene de vosotros, sino que es el don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos
hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para que
anduviésemos en ellas" (vers. 8-10). Este pasaje muestra que Dios nos amó mientras estábamos todavía
muertos en pecados; nos da su Espíritu para vivificarnos en Cristo, y el mismo Espíritu dirige nuestra
adopción en la familia divina; nos adopta para que, como nuevas criaturas en Cristo, podamos hacer las
buenas obras que Dios preparó.

Ellet J. Waggoner

Friday, September 14, 2012

Siervos de la justicia

"Libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia"(Romanos 6:18)
Nada de lo que hay en la creación existe de manera estrictamente autónoma. Todo lo que Dios creó está sujeto a un poder mayor. Por ejemplo, en nues­tro planeta, todo está sujeto a la fuerza de gravedad y a la influencia del sol. Cuando Dios creó los animales, los puso bajo el dominio o el poder del hombre. Asimismo, cuando Dios creó al hombre, lo puso directamente bajo su propio dominio. Por aquí entró el pecado en el mundo. Ya sabe, la serpiente le dijo a Eva que si comía del fruto no tendría que hacer lo que Dios quería que hiciese, sino que podría decidir por sí misma qué estaba bien y qué estaba mal.
 

Como todo el mundo quiere decidir por sí mismo, Adán se unió a la rebelión de Eva. Llegados a este punto, ambos pensaban que se habían liberado del dominio de Dios; pero, al desobedecer, en lugar de quedar libres, de inmediato se convirtieron en esclavos del diablo.
 

 Recuerde esto, porque es importante: Cuando alguien que es esclavo de Satanás comete un pecado, lo disfruta. Sin embargo, si el pecado lo comete un siervo de la justicia, lo detesta y se arrepiente. Como siervos de Dios, nos en­canta hacer su voluntad. A medida que nuestra vida se va llenando del Espíritu Santo, empezamos a tener hambre y sed de justicia, empezamos a detestar todo lo que no está en armonía con la vida cristiana práctica.
 

A medida que nuestro compromiso con Cristo se va profundizando y su extraordinaria obra de transformación avanza, no debería sorprendernos que todavía sintamos la tentación de hacer el mal. (Además de ser tentado en el desierto, Jesús fue tentado a lo largo de toda su vida y su ministerio.) Sin em­bargo, a medida que crecemos en la gracia, el pecado va perdiendo su anterior atractivo. En lugar de decirnos a nosotros mismos: "Ojalá pudiera hacer esto o aquello", descubrimos que el pecado nos produce repulsión.

A veces siento la tentación de hacer el mal. Pero qué alegría me da que, muy dentro de mí, soy capaz de decir: "¡No!". Para un siervo de la justicia, la tentación se vuelve cada vez más y más repulsiva. Comenzamos a reconocerla como un insulto a todo lo que Jesús hace en nuestra vida. Recuerde: "Ningún siervo puede servir a dos señores, porque odiará al uno y amará al otro, o es­timará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Luc. 16:13).
Dios te bendiga.

Cortesía de: Foro Adventista

Saturday, September 8, 2012

La Justificación por la Fe



JUSTIFICACION es la palabra clave en los escritos del Apóstol Pablo. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la palabra justificación tiene un significado legal bien definido; es una palabra que está estrechamente relacionada con la idea de juicio o prueba (Deuteronomio 25:1, 1Corintios 4:3, Mateo 12:37). De modo que la palabra justificación puede definirse como: ser una persona declarada justa por disposición de un tribunal. Cuando se dice que Dios a justificado a un hombre, se quiere significar que ha llevado el caso ante su Divino Tribunal y que, después de examinar el caso, ha declarado al acusado tan libre de toda falta y culpa, como si fuera del todo justo y agradable a la vista de su santa ley. Un sinónimo común de la palabra justificación es aceptación.
EL PROBLEMA
En el Antiguo Testamento algunos pensaban que la justificación ante Dios era imposible: “¿Cómo pues se justificará el hombre para con Dios? ¿Y Cómo será limpio el que nace de mujer? He aquí que ni aun la misma Luna será resplandeciente, ni las estrellas son limpias delante de sus ojos; ¿Cuánto menos el hombre, que es un gusano?” (Job 25:4-6).

En el libro de Romanos, la Palabra de Dios nos revela que el hombre, nada, absolutamente nada puede hacer para que Dios le acepte. El Apóstol Pablo nos dice claramente que nadie puede llegar a ser justo a la vista de Dios mediante su conducta, su forma de actuar. Aquí él usa el tiempo futuro del verbo. El quiere decir que ningún mortal vendrá a ser considerado justo jamás, en base a su propia vida. Ningún hombre puede afrontar el juicio de Dios con una conciencia tranquila, si su confianza descansa en la calidad de su propia vida. La razón para esto queda firmemente establecida: “Porque no hay diferencia por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:22-23). “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Eclesiastés 7:20).
 
LA SOLUCION
Ya hemos visto por la Palabra de Dios, que la solución no se encuentra dentro del hombre; no se encuentra en ninguna de sus capacidades religiosas o morales. Nadie puede alcanzar una calidad de vida capaz de confrontar las normas que demanda la perfecta, justa e inflexible ley de Dios (Romanos 3: 9-20). El Apóstol Pablo en su Epístola a los Romanos, habiendo abatido, y habiendo expuesto la inutilidad de todos los logros humanos, nos muestra que la justificación del hombre procede únicamente de Dios. “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que El sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde pues, está la jactancia (del hombre)? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la ley de las obras? No, sino por la (ley) de la fe (en Cristo)” (Romanos 3:24-27).

SOLO POR JESUCRISTO
SOLO POR GRACIA
SOLO POR FE
El texto bíblico anterior nos dice que somos justificados gratuitamente por su Gracia, mediante la redención que es en Jesucristo, por Fe en su sangre. En este texto Escritural encontramos los tres factores por medio de los cuales Dios justifica al hombre pecador, sin defraudar su propia ley. Debido a la crucial importancia de estos tres factores, los vamos a considerar uno a uno por separado. Por ser indispensable, la justificación del pecador es primeramente:

SOLO POR JESUCRISTO – En (Hechos 4:12) leemos así: “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” Con esta declaración queda absolutamente claro que no hay ningún otro salvador ni salvadora. El Señor Jesús fue el único que pagó el precio para saldar la deuda de pecado de toda la humanidad. Pero todavía no estamos justificados sin apropiar los próximos dos factores:

SOLO POR GRACIA – En segundo lugar, la justificación del hombre es sólo por Gracia. “Porque por Gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don (regalo) de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).La Gracia de Dios se define como regalo que el hombre no merece, pero que Cristo lo pagó y lo ganó para todo ser humano que le recibe. El Señor Jesús ama al pecador y no quiere que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.

SOLO POR FE – En tercer y último lugar, tenemos que hay una condición que Dios demanda del hombre para justificarle. Esa condición es Fe en JesuCristo, es decir, confiar en que su sacrificio en la cruz del Calvario fue el pago suficiente para saldar nuestra deuda de pecado ante Dios, una vez y para siempre. “En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de JesuCristo hecha una vez para siempre(Hebreos 10:10) y el versículo (12) que dice: “Pero Cristo, habiendo ofrecido por los pecados un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.” A Cristo no hay que volverlo a sacrificar. Hacer sacrificios incruentos de Cristo es una blasfemia, pues se niega la eficacia actual del único sacrificio hecho una vez para siempre. Además, ningún sacrificio incruento es aceptable ante Dios, pues la Biblia dice:“sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22).

CONCLUSION
Amado lector, como bien has podido ver, la Biblia enseña enfáticamente que la justificación de Dios ninguna persona la puede obtener por medio de sus propios méritos, pues no hay ningún hombre que sea perfectamente justo y nunca peque. Pero… ¡Qué maravillosa es la obra de Dios! Este problema queda resuelto por medio de la Fe en Cristo, el cual nos regala la justificación por su Gracia. No olvidemos que es sólo por Cristo, sólo por gracia, sólo por fe. Esto es así amado lector pues no hay otra solución. La creencia común de que primero hay que santificarse uno mismo y dejar de pecar para lograr la justificación de Dios es antibíblica, por lo tanto es falsa. Esto no es lo que la Biblia enseña.

Si has comprendido bien, sabrás que esto no tiene comparación. Esta es la oferta gratuita de Dios para ti. Así es que ven ahora mismo, confiesa tus pecados a Cristo, y pídele con tu boca que te perdone tus pecados y te salve. Amén.
                                                                                                                         - Por Dr. R.A. Torrey (1856-1928)

Wednesday, August 29, 2012

Todo ser humano nace con una naturaleza pecaminosa (egocéntrica), porque todos nacen separados de Dios.





Como seres humanos, por lo menos tenemos dos cosas en común. Primero, hemos nacido. Segundo, nacimos pecadores. Nuestro problema del pecado comenzó con el nacimiento, porque nacimos separados de Dios.

A veces la gente tiene dificultades con esta verdad. Observan a un bebecito recién nacido y dicen: “¿Cómo puede ser pecadora una persona tan pequeñita e indefensa?” ¡Pero pocas personas encuentran difícil aceptar el hecho de que un bebé recién nacido es egocéntrico!. No importa si la madre está cansada o el papá tiene que trabajar al día siguiente. Si el bebé quiere comer o si necesita que lo aseen o desea que jueguen con él, tiene su manera de hacerlo saber, Un bebé es completamente egocéntrico.

Nacer en este mundo es una experiencia trágica. “Los hijos tienen una herencia de pecado. El pecado los ha separado de Dios”. - La conducción del niño, pág. 448. Debido al pecado de Adán, su posteridad ha nacido con propensiones inherentes a la desobediencia. Véase cómo se refiere a esto. Elena de White, en el Comentario bíblico adventista, tomo 5, pág. 1120.

En las primeras siete tesis tratamos el tema de la justicia. Puesto que el concepto opuesto a la justicia es el pecado, nos parece lógico que éste sea el siguiente tema a considerar. Una comprensión clara de los conceptos de justicia y pecado es esencial para cualquier estudio sobre la salvación por la fe. La forma de comprender estos dos temas podría constituir la grieta de la acera que más tarde se transformará en un verdadero abismo.

Hasta aquí nuestro estudio acerca de la justicia podría resumirse diciendo que ésta se obtiene mediante una relación con Jesús; no se basa en la conducta. Si esto es cierto, entonces también debemos definir al pecado como algo que trasciende la esfera de la conducta. Somos pecadores por nacimiento, pecadores por naturaleza. Poseemos una naturaleza pecaminosa; nuestras malas acciones son sólo el resultado.

En efesios 2.3 Pablo declara que somos hijos de ira por naturaleza. En el Salmo 58:3 leemos: “Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron”. Y en caso de que tuviéramos dudas con respecto a quienes incluir entre “los impíos”, acordémonos de Romanos 3: 10: “No hay justo, ni aun uno”

Cuéntase de un escorpión que quería pasar el rio. Mientras caminaba por la ribera se encontró con un sapo y le pidió que lo llevara hasta el otro lado sobre la espalda. - Oh, no - protesto el sapo- Si te dejara subir sobre mi espalda, me picarías y yo moriría. ¿Por qué habría de hacerlo? — Se defendió el escorpión -. Si yo te picara, tú morirías, y los dos nos hundiríamos, y yo nunca llegaría al otro lado del rio.

Bueno al sapo le pareció lógico el argumento del escorpión, de modo que le permitió subir sobre su espalda, y comenzó a nadar hacia la ribera opuesta. Cerca de la mitad del rio el escorpión le clavo su aguijón al sapo. Con su ultimo croar, el sapo le pregunto: — ¿Por qué lo hiciste? !Ahora ambos moriremos!.  — Lo sé, pero no pude evitarlo - replicó tristemente el escorpión
Esa es mi naturaleza.

Este es mi dilema de la raza humana. Tenemos una naturaleza caída. Somos incapaces de cambiar por nosotros mismos. Aunque nos damos cuenta de que nos estamos autodestruyendo, descubrimos que somos incapaces de dejar de pecar, porque nuestra naturaleza es pecaminosa. “En la vida de todo hombre se manifiesta el resultado de haber comido del árbol del conocimiento del bien y del mal. Hay en una naturaleza una inclinación hacia el mal, una fuerza que solo, sin ayuda, él no podría resistir” - La educación, pág. 26. Debido al pecado de Adán, “nuestra naturaleza cayo y no podemos hacernos justos a nosotros mismos”. –El camino a Cristo, pág. 62.

Puesto que nuestro problema del pecado va más profundo que la simple conducta negativa.- debido a que poseemos una naturaleza pecaminosa desde el momento de nacer en este mundo de pecado. -. La respuesta a este problema debe buscarse más allá del terreno de la conducta. Dios se propone realizar un nuevo comienzo. Nos ofrece un nuevo nacimiento, con una naturaleza totalmente nueva.

En su sermón de medianoche, frente a un auditorio de una sola alma, Jesús le explico a Nicodemo que, a menos que se produjera un nuevo nacimiento, no tenemos la menor esperanza de ver jamás el reino de los cielos. El primer nacimiento no es apto para la vida eterna; Se debe producir un segundo nacimiento. Las buenas nuevas de salvación consisten en que gracias a Jesús podemos recibir una nueva naturaleza, y en que al compartir su naturaleza divina recibimos su capacitación para huir de la corrupción de este mundo pecaminoso en el cual hemos nacido.

Morris L. Venden